SEMIÓTICAMENTE

Michel Foucault: análisis del discurso

El Orden del Discurso

 -Michel  Foucault-

Discursivas tentativas de resumirlo

Acercamiento básico, a un libro fundante

 

Por RAMIRO MA CDONALD

macdonald.ramiro@gmail.com

 

                                               E x o r d i o

a manera de excitación y justificación personalísima. . .

 

            Me considero un ciudadano tercermundista, aunque con anhelos del salir del marasmo pueblerino que nos ahoga. Con ese afán he pasado emborronando cuartillas toda mi vida (y saltando de lectura en lectura)  pero jamás había tenido la oportunidad de leer, en forma directa, un texto completo de Michael Focault. Lo acepto: nunca se presentó la coyuntura de degustar sus escritos.  Ahora, repentinamente, sin mayor conocimiento, posé mis ojos y repasé –estimulado- las reveladoras líneas de El Orden del Discurso y creo que ha sido como darle “el llavín” (el registro, la clave)  de su celda y encierro a la locura… y permitirle (luego de años de clausura) salir a gritar sus verdades a los cuatro viento.

 

             Esto es muy focaultiano, lo sé… pero es mi discursiva forma de agradecer e introducir simbólicamente esta pequeña e interesante tarea académica. Me siento muy honrado de poder escribir mi nombre, tan siquiera cerca de los caracteres que forman el apellido Foucault… tan cerca como es posible de este discurso (tan lejos realmente de la verdadera realidad)… ya que él era un completo desconocido, para mí…y su dimensión es inconmensurable para este sencillo “escribidor” de caracteres.

 

             Lamentablemente, había tenido únicamente oportunidad de acercarme a este genial autor, solo por terceros. Todas mis referencias no sólo eran muy vagas, sino erráticas, sé decir. Ahora que he colisionado de frente con ese genio de la posmodernidad, no dejaré de exprimirle todos los conocimientos que pueda y tenga capacidad de entender.  

 

            Buscaré las llaves de todos los manicomios  del mundo, para dejar salir sus genios (encerrados en sus libros) Y cada letra suya, además de darle sabor a mi vida, me la inyectaré en mi propia sangre, como si fuera la droga más estimulante del mundo… Y seguramente que las letras más profundas y hermosas que me trepanen mi cabeza, mi corazón, mi conciencia… irán a reparar al resquicio más descabellado de mi alma, tupiéndola de luz e ideas.    

 

            Porque, cuando escuchaba hablar de este notable pensador -filósofo, historiador, profesor universitario, intelectual ¿Cómo definirlo realmente?, ¿será innecesario encasillarlo?... mi escasa información sobre él, me decía que  había muerto en 1,984, nacido en Francia en el 26.  (De la edad de mis padres más o menos, me decía una experiencia basada en cronología… que no me decía nada).

 

            Y una tarde sin lluvia ni sol, en mi computadora andaba vagando, brincando de un poema a otro, de un portal a un hipertexto, (“textiando”, pues) logré un retrato suyo un tanto mefistofélico, entresacado y robado en Internet, ubicado en una sórdida página de filosofía… significada por el blanco y negro en diseño extravagante, y alusiones a la tolerancia…a la aceptación del “otro”.

 

            Vi la fotografía. Me topé con la foto clásica de Foucault. Era la de un sonriente cuarentón sin pelos en la cabeza (y tampoco en la lengua, me dije). Tenía sus acostumbrados y gruesos lentes negros, muy avant garde… o muy retro… aunque esas señas exteriores no me aportaban nada nuevo a su invaluable pensamiento.

 

             Porque todo eso de lo que estoy hablando, pudo haber sido montaje o truco para llamar la atención, ya que hoy todo lo “enrarecido”, está de moda.

 

            Pero… encima, detrás, adelante, arriba y en medio de esa misteriosa fotografía del filósofo pelón con sonrisa que anticipaba lo diabólico, persistía una imagen envuelta en halo oscuro, lóbrego; aquella sonrisa sardónica de alguien fuera de serie. Lo intuí, desde el principio, antes de ver la foto, antes de leer sus textos… es una “pésima fama” la que lo acompaña. Pero al leer su pequeño libro sobre el discurso, al saborear su punto de vista original -inédito para mi- me atrapó, me cautivó, me sedujo con su forma proscrita de pensar. 

            -Yo no soy de esta era, ni de este pequeño planeta tan estrecho. Mis ideas han roto esquemas y paradigmas en todos los centros de la intelectualidad.  

 

            Extraña fotografía, si, es cierto… pero extraordinario pensamiento, también. Fuera de toda ordinariez, porque para mí –desde la ignorancia conceptual de lo discursivo y mi poco acceso a la filosofía contemporánea- era como beber sabiduría; si… pero proveniente de un pozo envenado, lejano, misterioso (maldito) al que nunca me había imaginado tendría tantos y deliciosos sabores, y… matices, y… tonalidades…

 

            ¡Hasta aromas sentí! ¡Ideas demenciales! ¡Sin igual…sin parangón!  

 

             Desde las primeras letras, ese discurso, que se rebela a si mismo a serlo, a aceptarse como tal –aunque finalmente lo sea- se enredó en mis pensamientos (como transitando vertiginosamente mis venas y arterias) y despertó una incertidumbre que muy pocas veces había percibido, con otros autores.  Un desasosiego intelectual corrió como energía exaltada por mi cuerpo, por mis ideas, por mis poco sólidos conocimientos académicos. Fue una sacudida mayúscula. Palabras demoledoras, me dejaron atónito… fascinado.

 

             Me impactó, tanto así, que he seguido durante semanas, leyendo más textos del maestro… Y espero seguir aprehendiendo sobre el poder y la  exclusión; bebiendo de estas aguas amargas del discurso marginal; inhalando el aliento pestilente de los dragones que atormentan a los seres anormales y escuchando los cantos de sirenas endemoniadas que envuelven a los guerreros que retornan a sus casas; esa esencia afligida y desconsoladora que imprime, advierte e introduce con violencia, a todos sus textos, a cada letra escrita por el filósofo del mundo posmoderno Michel Focault…

  

El Orden del Discurso de Michel Foucault

Discursivas tentativas de resumirlo

POR Ramiro  Mac Donald

 

“…Me habría gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hace mucho tiempo: me había bastado entonces encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento interrumpida…”

Michel Focault

 

 

         Pensar en una precedencia a su propio discurso, idea que el autor desliza subrepticiamente desde el primer párrafo, es situarse en el plano de un sujeto de la enunciación, con previa existencia. Es decir, lo que precede al orden establecido… ¿Y qué es eso que precede al orden? ¿La palabra? ¿El discurso sobre el discurso? ¿Hay algo antes de eso? Si, el sujeto que lo enuncia, sobre un enunciado. ¿Un mundo paralelo?  

 

         Precede la existencia del autor, que le hubiera gustado –más que tomar la palabra verse “envuelto en ella”. Esto significa, según mi criterio, que le otorga a la palabra, una realidad autónoma. Previa. Anterior a su propia existencia. Anterior al propio sujeto de la enunciación. ¿Cómo?

 

         Posible solamente en el universo de un ser con pensamiento superior como Michel Focault. Pensarse a si mismo, pensándose que se piensa.   

 

            “…Hay que continuar (no puedo continuar) –se contradice así mismo- hay que decir palabras mientras las haya, hay que decirlas hasta que me encuentren…” (p  12)

 

         Es “su” necesidad imperiosa de comunicar ideas, por medio de las palabras. Y estas palabras se plantean, como lo hacen los magos, los seductores, los encantadores de serpientes: al otro lado del espejo. (Como Alicia, en maravilloso país, al revés, en un país saturado de monstruos y de criaturas inexistentes… pero a la vez muy reales.).

 

          Lo deja claramente establecido cuando dice: “…Un deseo semejante de encontrarse, ya desde el comienzo del juego, al otro lado del discurso, sin haber tenido que considerar desde el exterior cuánto podía tener de singular, de temible, incluso quizá de maléfico…” (p 12)

 

         Los siguientes párrafos son un soliloquio -genial y cargado de originalidad, como la propia forma misma del  planeamiento- en los cuales se registra un dialogo entre el deseo (su deseo) y la institución. ¿Tal vez entre su aspiración a decir, a expresarse y la sociedad como tal?

 

         El deseo quería ser rodeado de una transparencia apacible, profunda, indefinidamente abierta, en la que brotaran las verdades, una a una…y él solo se dejaría arrastrar, flotante, dichoso. Pero la institución le responde que el discurso está en el orden de las leyes. Que se le permite un poder (que honran, pero desarman) porque lo obtiene –nada más- de la propia institucionalidad. ¿Por qué se lo permite la institución?

 

         Institución y deseo: réplicas opuestas a una misma inquietud. “…Inquietud con respecto a lo que es el discurso en su realidad material de cosa pronunciada o escrita; inquietud con respecto a esta existencia transitoria destinada sin duda a desaparecer…” (p 13) Existencia (de los intelectuales) llena de poderes y peligros difíciles de imaginar…existencia de luchas, victorias, heridas, dominaciones, servidumbres…a través de las palabras.               

 

….…………….

 

         ¿Dónde está el peligro de la palabra?,  cuestiona e inquiere, como arañando las paredes de su celda, el gran palabrero que es  Foucault. ¿Por qué es tan peligroso que la gente hable y proliferen sus discursos indefinidamente? 

 

         “…La producción de discursos en la sociedad está, a la vez, controlada, seleccionada y distribuida… por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad…” (p 14)

 

         Dicho en palabras comunes: es permitido que unos (discursos) se tornen en realidad, mientras que otros no. ¿Cómo? Foucault plantea los procedimientos de la exclusión, y, el más conocido y familiar: lo prohibitivo. “Uno sabe que no tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar de cualquier cosa” (p 14)

 

         Eso es una ley no escrita en la sociedad, en todas las sociedades. Particularmente en los medios masivos de información, hay ciertos temas que no se pueden abordar. Muchos de ellos (sino los más) son los relacionados al poder constituido, sea este político o económico, religioso o social.

 

         Foucault lo clarifica: “Tabú del objeto, ritual de la circunstancia, derecho exclusivo o privilegiado del sujeto que habla: he ahí el juego de tres tipos de prohibiciones que se cruzan, se refuerzan o se compensan, formando una compleja mala que no cesa de modificarse”.  (p 15)

 

         Y en donde la malla más aprieta, allí donde se multiplican las casillas negras, son las regiones de la sexualidad y la política…Y el discurso en lugar de convertirse en transparente o neutro, se ejerce como uno de los más temibles poderes. Aún cuando el discurso sea poca cosa, la prohibición recae muy pronto sobre él, cuando se vinculan con el deseo y el poder, recalca el autor.

 

         “…Y esto no tiene nada de extraño, pues el discurso –el psicoanálisis nos lo ha demostrado- no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también el objeto del deseo…” (p 15) Porque el discurso no es solo aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que se lucha, aquel poder que uno desea fervientemente adueñarse.

 

El discurso del loco…

 

         En tanto, otros principios de exclusión lo representan: la separación y el rechazo. O sea la oposición entre razón y locura. El discurso del loco, desde la Edad Media, no puede circular como el de los otros. “… Su palabra es considerada nula y sin valor, que no contiene verdad ni importancia, que no puede testimoniar ante la justicia, que no puede autentificar una partida o un contrato, o ni siquiera en el sacrificio de la misa, se permite la transubstanciación y hacer del pan un cuerpo….” (p 16)

 

         Pero al loco, se le confiere la posibilidad de que su palabra tenga el poder de enunciar una verdad oculta,  predecir el porvenir, ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de los otros no puede percibir. En Europa durante años, la palabra del loco no era escuchada y si lo era, recibía la acogida de una palabra portadora de verdad.

        

         O simplemente olvidada, o era estudiada y descifrada como una razón ingenua. O como la de una “…razón más razonable que la de la gente razonable…”. (p 16) ¿Qué curiosa relación ha tenido la sociedad con el loco y su palabra? Ellas eran el lugar en que se reconocía la locura del loco, pero nunca eran recogidas o escuchadas. Todo era parte de un ruido, durante años lo fue, ya que el loco desempeñó “…el papel de verdad enmascarada…” (p 17) 

 

         Y para escucharla… los médicos, los psicoanalistas, le permitían al loco, en medio de su exclusión, en medio de su angustia y carga de terribles circunstancias, un silencio de hospitales. “…El silencio de la razón para curar a los monstruos, basta que el silencio esté alerta para que la separación persista...” (p 18) 

          

            ¿Lo verdadero y lo falso puede considerarse como un tercer sistema de exclusión? ¿…Verdades modificables, en perpetuo desplazamiento, sostenidas por un sistemas de instituciones que las imponen y las acompañan en su vigencia y que no se ejercen sin coacción y sin cierta violencia…? (p 19)

 

         Dice Foucault que al interior de una proposición (según el DRAE, proposición es la enunciación de una verdad demostrada o que se trata de demostrar…también la parte del discurso, en que se anuncia o expone aquello de que se quiere convencer y persuadir a los oyentes) “…en el interior de discurso, la separación entre lo verdadero y lo falso, no es ni arbitraria ni modificable, ni institucional, ni violenta...” (p 19)

 

         Pero en otra dimensión o escala, es necesario saber cuál ha sido la voluntad de verdad que ha atravesado tantos siglos de nuestra historia… y es cuando el autor plantea un sistema de exclusión, que califica de “…modificable, histórico, institucionalmente coactivo…” (p19)

 

         En la Grecia del siglo VI, el poeta tenía el discurso verdadero -en el más intenso y valorado sentido de la palabra- y era el discurso pronunciado (el subrayado es para darle aún más énfasis) que profetizaba el destino, así como contribuía a su realización, porque arrastraba consigo la adhesión de los hombres.  Y luego, eso cambió un siglo después, ya no más en lo que hacía, sino en lo que decía (¿Cambió de residencia la esencia del discurso griego?) y mudó “…del acto ritualizado, eficaz y justo, de enunciación hacia su sentido, su forma, su objeto, su relación con su referencia…” (p 20)

 

         Este cambio se originó, según Foucault, entre Hesíodo y Platón, entre quienes se planea la separación del discurso verdadero por el discurso falso; el discurso verdadero ya o será el discurso precioso y deseable, pues ya no será ligado al poder. “El sofista ha sido expulsado” (p 20) Según el autor, se establecen, pues,  formas nuevas de voluntad de saber, que insiste en señalar que en el siglo XIX no coinciden, con la de la cultura clásica.

 

         En tanto, entre los siglos XVI y XVII, apareció una voluntad de saber que “…dibujaba planes de objetos posibles, observables, medibles, clasificables; una voluntad de saber que imponía al sujeto conocedor, una cierta posición, una cierta forma de mirar y una cierta función…el nivel técnico del que los conocimientos deberían investirse para ser verificables y útiles…” (p 20) ¿Se refiere a que en esos doscientos años, se desarrolló siglo de oro de las bellas letras, el inicio del Imperio Español, pero en los cuales, el planeta tierra cambió de centro del universo (ideas tolomeicas) a ser un planeta más en una basta constelación de estrellas, asteroides y mundos por descubrir… algo parecido con el propio planeta tierra, unos años antes? A esos años en que el conocimiento fue trastocado por completo, por nuevas teorías y voluntades de conocimiento como las denomina Foucault: “…verificar, más que comentar…” (p 21)

 

         Esa nueva forma de saber, esa voluntad de verdad, como la denomina Foucault, es la que surge de esos siglos en que “á a la vez reforzada y acompañada por una densa serie de prácticas como la pedagogía (Pestalozzi); el sistema de libros (la imprenta y su vertiginoso desarrollo, tras su invención por el genio de Maguncia) la edición, las bibliotecas, las sociedades de sabios de antaño, los laboratorios actuales…” (p 22)

 

         Pero esas experiencias también son acompañadas, por la forma como el saber  tiene que ponerse en práctica en la sociedad, pues allí es donde se le valora, pero a la vez, se reparte y en cierta manera es atribuido. Es entonces, cuando se nota la presión y el poder de coacción, de los discursos. Porque, por ejemplo, la literatura occidental ha sido siempre apoyada en su forma “…por lo natural, lo verosímil, sobre la sinceridad, y también sobre la ciencia-en resumen, sobre el discurso verdadero-…” (p 22). Igualmente, Foucault considera que “…las prácticas económicas, codificadas como rectas, eventualmente como moral, han pretendido desde el siglo XVI fundarse, racionalizarse y justificarse como teoría de las riquezas y de la producción...” (p 23)

 

         Igualmente estima que sucede con el sistema penal, que ha buscado sus cimientos en la teoría del derecho, lógicamente, y después del siglo XIX, en “….un saber sociológico, psicológico, medico, psiquiátrico: como si la palabra de la ley no pudiese estar autorizada en nuestra sociedad mas que por el discurso de la verdad…”  (p 23)

 

         Tres sistemas de exclusión, pues, plantea Foucault que afectan al discurso: “…la palabra prohibida, la separación de la locura y la voluntad de verdad…” Los dos primeros han estado coincidiendo con el tercero, cada vez más formalmente… y sin embargo, de esta no se habla. Por lo que el autor cree, con vehemencia, que es necesario desenmascarar, para que la verdad se despliegue.

 

         “…Y la razón es esta: el discurso verdadero ya no es, en efecto, desde los griegos, el que responde al deseo o el que ejerce el poder, en la voluntad de verdad, en la voluntad de decir ese discurso verdadero, ¿qué es por tanto lo que está en juego sino el deseo y el poder…? (p 24)

 

         “…El discurso verdadero, aduce el autor, al que la necesidad de su forma exime del deseo y liberta del poder, no puede reconocer la voluntad de verdad que lo atraviesa; y la voluntad de verdad que se nos ha impuesto desde hace mucho tiempo es tal que no puede dejar de enmascarar la verdad que quiere…” (p 24)  

      

         ¿Es la verdad una poderosa maquinaria excluyente? Por eso, todos aquellos que “…buscan enfrentar la verdad y donde esta se propone justificar lo prohibido, definir la locura, todos esos desde Nietzche a Artaud y a Bataille, deberán servirnos de signos, altivos sin duda, para el trabajo de cada día…” (p 25) Estos intelectuales serán quienes guíen el razonamiento del autor, sobre  este tema de abordar el discurso.

 

…………………

 

 

         Foucault habla de que hay otros mecanismos o procedimientos para controlar y delimitar el discurso, estos se ejercen desde el exterior, como sistema de exclusión. Pero también, los hay como procedimientos internos, ya que los discursos mismos ejercen su propio control. Estos juegan en “… calidad de principios de clasificación, de ordenación, de distribución, como si se tratase de otra dimensión del discurso: aquella de lo que acontece y del azar…” (p 25)

 

         El autor habla de aquellos “…relatos que se repiten, fórmulas, textos, conjuntos ritualizados de discursos que se recitan según circunstancias bien determinadas…” (p 26) ¿Se podría interpretar esta aseveración como temas misteriosos que esconden algo como un secreto o una riqueza?

 

         Posiblemente Foucault habla de aquellas costumbres orales, que aparecen como fundantes de las tradiciones: “…discursos que se dicen y son dichos, destaca…”  (p 26) y que califica como textos religiosos o jurídicos, o aquellos curiosos, y agrega a estos, los literarios y en cierta medida a los científicos. Y, en una muestra de devenir permanente, en ese ir y volver en ese mar de ideas sueltas, considera que no existe una categoría dada, aunque sean “…textos fundamentales o creadores…”, como tampoco para los  textos que las masas  “…repiten, glosan, comentan…” (p 27) Y es porque bastantes textos importantes se oscurecen y desparecen;  tal vez  porque otros toman el lugar de los primeros… pero la función permanece y el principio de cierto desfase no deja de ponerse constantemente en juego, como esas palabras que parecieran acertijo y encierran una gran verdad: nada es absoluto.

 

         Nos refiere, Foucault, a la librería borgiana: que de un nivel se pasa a otro y a otro, y a otro… indefinidamente. “…No puede ser mas que un juego, utopía o angustia…” (p 27)  Recreación de imágenes, textos y palabras, en la muerte y el renacimiento constante, permanente, eterno de la palabra: “…Juego también de una crítica que hablase infinitamente de una obra que no existiese...” (p 27) Porque es necesario caer en un profundo abismo, para que el autor piense que es un “…sueño lírico de un discurso que renaciese absolutamente nuevo e inoperante en cada uno de sus puntos y que reapareciese sin cesar, en toda su frescura, partiendo de os sentimientos, de los pensamientos o de las cosas…” (p 27)

 

         Simples, pero bellas las ideas que nos deja sobre esta temática, que podría ser estéril, pero Foucault -con maestría- la convierte en éxtasis, al decir: “…encerraba inagotables tesoros de sentidos y que merecían ser indefinidamente reconsiderados, reanudados, comentados…”  (p 27)

 

         La Odisea, uno de los textos fundantes de la literatura occidental, un poema épico que narra aventuras, amor, traición, poder, búsqueda, encuentro y reencuentro… es utilizada por el autor, para señalar que es repetida hasta la infinidad, como los desestructurados y hasta desquiciadores textos de Joyce (y su novela Ulises) en pleno  siglo XX… sin perder vigencia y fuerza como texto básico para la humanidad.

 

         ¿Cómo lograr comprender esa sutiliza y complejidad de pensamientos de Foucault, cuando nos habla del comentario y del desfase entre el primer y segundo textos? Posiblemente al afirmar que “…lo nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno…” (p 29)

 

         Mejor dejo que hable por si solo: “…el comentario conjura el azar del discurso al terno en cuenta: permite decir otra cosa a parte del texto mismo, pero con la condición que sea ese mismo texto el que se diga, y en cierta forma, el que se realice…”  (p 27)

 

         Y luego se traslada, de repente, sin decir nada más (pero nada menos) al tema del autor “…como principio de agrupación del discurso, como unidad y origen de sus significaciones, como foco de su coherencia…” (p 30) Pero aclara que no es el autor anónimo de las conversaciones cotidianas, ni de los decretos, sino en el terreno en el que la atribución a un autor es “…indispensable –literatura, filosofía, ciencia…” (p 30)

 

         Nos refiere al discurso científico y como ha ido evolucionando, desde la Edad Media, como un indicador de veracidad. El autor era, entonces, valorado por su propio prestigio. Desde el siglo XVII, no obstante, se ha ido oscureciéndose, sin dar mayor función que al nombre de un teorema, a u efecto,  a un ejemplo, a u síndrome.

 

         En tanto, en el orden del discurso literario -según Foucault- la función del autor se ha ido reforzando, en contraste con los relatos que circulaban en la Edad Media, en calidad de anonimato relativo. Hoy se les exige que digan de donde proceden “…quien los ha escrito; se pide que el autor rinda cuenta de la unidad del texto que antepone a su nombre; se le pide que revele, o al menos manifieste ante él, el sentido oculto que lo recorre…” (p 31) Se le pide, constantemente en las entrevistas al autor literario, que articule el texto con su vida privada, con sus experiencias vitales, con su historial real. Esto es porque el autor es quien da a sus lenguajes de ficción “…sus nudos de coherencia, su inserción en lo real…” (p 30)

 

         Al autor, la crítica lo reinventa, afirma Foucault. Incluso cuando le llega la  muerte, porque hacen de su obra algo coherente, le otorgan una temática… quizá un tanto ficticiamente. Y se proyecta en este tipo de discursos, reinventando la imagen creada por los críticos, su genio o su desorden.

 

         El autor es producto de lo que dice y hace públicamente, lo que se publica sobre él, sus opiniones y declaraciones cotidianas, reseña Foucault. Todo eso puede alterar la imagen tradicional que se tenga del autor, aún cuando no haya hecho -nada más- anunciar que va a escribir un texto. El yo, la identidad del autor, va a limitar el azar de los comentarios sobre su discurso.

         Foucault nos lleva por el mundo de la disciplina, para diferenciarla al del comentario, ya que esta “…se define por un ámbito de objetos, un conjunto de métodos, un corpus de proposiciones consideradas verdaderas, un juego de reglas y de definiciones, de técnicas y de instrumentos: una especie de sistema anónimo a disposición de quien quiera o quien pueda servirse de él, sin que su sentido o su validez estén ligados a aquel que ha dado en ser el inventor…” (p 33)

 

         El texto discurre sobre el tema, agregando que “…una disciplina no es la suma de todo lo que puede ser dicho de cierto a propósito de alguna cosa y no es siquiera el conjunto de todo lo que puede  ser, a apropósito de un mismo tema, aceptado en virtud de un principio de coherencia o de sistematicidad…” (p 34) De allí, continúa con el tema de la investigación científica –poniendo como ejemplos la botánica y la patología- disciplinas que tienen sus proposiciones verdaderas, basadas en métodos, horizontes teóricos, y sistemas propios. Para afirmar tajantemente que “…la disciplina es un principio de control de la producción del discurso…” (p 38)

 

         Así también, nos recuerda que hay un tercer grupo de procedimientos que permiten el control del los discursos en la sociedad, son aquellos que determina las condiciones para su utilización y que se impone a los individuos, al establecer cierto número de reglas que no permite su acceso a la mayoría.

 

         “Nadie entrara en el orden del discurso si no satisface ciertas exigencias o si no está, de entrada, cualificado para hacerlo...” Y agrega  “…no todas las partes del discurso son igualmente accesibles e inteligibles; algunas están claramente protegidas (diferenciadas y diferenciantes) mientras que otras aparecen casi abiertas a todos los vientos y se oponen sin restricción previa a disposición de cualquier sujeto que hable…”  (pp 38 y 39) Más claro, ni el gallo.

 

         Cuenta una historia enmarcada en el siglo XVII en el Japón, donde se pone de manifiesto, que “el saber monopolizado y secreto de la tiranía oriental, Europa opondría la comunicación universal del conocimiento, el intercambio indefinido y libre de los discursos…” (p 40) Nos refiere, entonces a la importancia d la comunicación y lo que él denomina como intercambio, para caer en algo aún más significativo: el ritual.

 

         En una fascinante descripción, Foucault nos define el ritual como “la cualificación que deben poseer los individuos que hablan… que define los gestos, los comportamientos, las circunstancias y todo el conjunto de signos que deben acompañar al discurso; fija finalmente la eficacia supuesta o impuesta (genial manejo conceptual) de las palabras, su efecto sobre aquellos a los cuales se dirige, los límites de su valor coactivo…” (p 41)

 

          Nos habla de los diferentes tipos de discursos, de esa puesta en escena social, de los rituales, que representan las propiedades singulares y convencionales de la actualidad… a la que llama “las sociedades de discursos”. Esas, esas que tienen la potestad de conservar o producir discursos y hacerlos circular, distribuyéndolos según ciertas reglas estrictas y sin que “…los detentadores sean desposeídos de la función de distribución…” (p 41)

 

         Hace una comparación con los rapsodas, aquellas personas que recitaban los versos homéricos pregonando –de pueblo en pueblo- sus poesías, que se aprendían de memoria (una memoria retórica prodigiosa) y viajaban por la antigua Grecia. Ellos poseían el conocimiento de los poemas para recitarlos, para vararlos o transformarlos. “Pero este conocimiento, aunque tuviese como fin una recitación que seguía siendo ritual, se protegía, defendía y conservaba en un grupo determinado, debido a los ejercicios de memoria, a menudo complejo que implicaba; el aprendizaje permitía entrar a la  vez a un grupo y en secreto, que la recitación manifestaba pero no divulgaba; entre el habla y la audición los papeles no se intercambiaban…” (pp 41 y 42)

 

         Y aunque hay no quedan sociedades de discursos como la antigua Grecia, con ese ambiguo juego de secreto y de divulgación, todavía se ejercen “…formas de apropiación del secreto y de la no intercambiabilidad…” del discurso. (p 42)

        

         El libo, afirma Foucault, está institucionalizado de esta forma, en el que el acto de escribir y el personaje que conocemos como el escritor, se desenvuelven de esta forma, en una “sociedad del discurso”, quizá difusa pero seguramente coactiva. Pero, anteponiéndose al escritor, que busca la difusión de sus ideas, existen las del secreto técnico o científico… o aquellos que se han apropiado del discurso económico o político.

 

          A estos se contraponen, a primera vista, las doctrinas religiosas, políticas,  y las filosóficas, considera Foucault. “…Las doctrinas no estarían tan alejadas de las disciplinas científicas, y el control discursivo versaría solamente sobre la forma o el contenido del enunciado, no sobre el sujeto del habla…” (p 43) puesto que “…la doctrina vincula a los individuos a cierto tipos de enunciación y como consecuencia le prohíbe cualquier otro…” (p 44)

         Aunado a esto, a las teorías doctrinarias, a la sumisión de los individuos a estas y a sus discursos, está también la educación social del discurso que plantea Foucault, cuando afirma que “…todo sistema de educación es una forma política de mantener o de modificar la adecuación de los discursos, con los saberes y los poderes que implica…” (p 45)  Y se pregunta en voz alta: “…¿Qué es, después de todo, un sistema de enseñanza, sino una ritualización del habla; sino una cualificación y una fijación de las funciones para los sujetos que hablan; sino la constitución de un grupo doctrinal cuando menos difuso; sino la distribución y una adecuación del discurso con sus poderes y saberes…” (p 46)

         Con una agudeza sorprendente, Foucault, puntualiza que la escritura (la de los escritores, agrega) es un sistema similar de sumisión (al del habla) “…que toma quizá formas un poco diferentes, pero cuyas escansiones son análogas…? Y nos habla, que son “…similares sistemas de sumisión del discurso…” (p 46) Al señalar la escansión, el autor refiere a un profundo universo de significados actuales que van, desde la poética, hasta las modernas teorías de psicología lancaniana (seguidor de S. Freud)

         Recordemos que para la poética, el ritmo del lenguaje es la consecuencia de tres elementos combinados: la duración de los sonidos (cantidad), la altura musical o tonal de los mismos (tono) y la energía de emisión de dichos sonidos (intensidad). El discurso, pues, representa ese mundo del manejo totalizante y totalizador de la realidad, con una posicion foucaltiana. 

         “…Desde que fueron excluidos los juegos y el comercio de los sofistas, desde que se ha amordazado, con mayor o menor seguridad, sus paradojas, parece que el pensamiento occidental haya velado porque en el discurso haya el menor espacio posible  entre el pensamiento y el habla…” Que se puede decir más de este párrafo, lleno de sabiduría. Faltarían hojas y hojas para intentar, siquiera buscar apenas, explicar la exclusión de los juegos y el comercio de los sofistas griegos.

 

         O este otro párrafo, que permite entender en su contexto, el significado del vocablo elidir: como  una forma de frustrar, desvanecer, etc. así: “…Pudiera darse que el tema del sujeto fundador permitiese elidir la realidad del discurso. El sujeto fundador, en efecto, se encarga de animar directamente con sus objetivos las formas vacías del lenguaje…”Es por eso que quien hace los discursos “…dispone de signos, de marcas, de indicios, de letras…” a su sabor y antojo.

         El discurso está en juego, en servicio de su significante, dice Foucault, en referencia a la semiósis de los discursos. Significarse a sí mismo, le es posible al discurso, porque del discurso todo puede decirse. Tal vez por eso, el autor considera que nuestra civilización, en apariencia, es la que ha sido más respetuosa con el discurso mismo. Hay, en la actualidad, una universalización del discurso, estima Foucault… que no es nada más que un juego “…de escritura en un primer caso, de lectura en el segundo, de intercambio en el tercero…” (p 59) ¿Juegos de pensamiento y de la lengua? Posiblemente…pero sumamente profundos.

         Según el autor, es necesario replantearnos nuestra voluntad de verdad; restituir al discurso su carácter de acontecimiento y borrar finalmente la soberanía del significante. Tres pasos para realizar en los días próximos, al momento en que daba sus palabras, en la inauguración de la cátedra de la historia del pensamiento.

         Tres principios, fundamentales, hace referencia: trastrocamiento. Los discursos han sido trastocados. Los discursos, en tanto, han sido enrarecidos.  Por otro lado, hay un proceso de discontinuidad. Los discursos han sido reprimidos o rechazados…o se excluyen (un tema que toca con insistencia).

         Otro principio: especificidad. No se debe resolver el discurso en un juego de significaciones previas.  Es necesario concebirlo como “…una violencia que se ejerce sobre las cosas, en todo caso como una práctica que les imponemos, es en esta práctica donde el discurso encuentra el principio de regularidad…” (p 53)

         Cuarta regla: exterioridad. Hay que partir del discurso mismo, de su aparición, de su regularidad…ir a sus condiciones externas de posibilidad. No hacia lo interior, hacia su corazón, hacia el núcleo. Foucault plantea que hagamos el análisis de manera diferente, ni siquiera pide que hagamos un análisis sino que utilicemos el propio discurso, en forma aleatoria, para entender su exterioridad. ¿El contexto?

         Las ideas de significación, originalidad, unidad y creación son las que han dominado la historia general de las ideas, afirma el autor. Eso es hasta ahora. La historia contemporánea, hizo eso. Pero no logró hacer aparecer estructuras que se extienden sobre un amplio margen de tiempo. Y añade que estos análisis, que llama de fenómenos masivos de alcance secular o plurisecular, ya los hicieron los historiadores. Ahora es necesario interrogarse sobre las variaciones, las inflexiones y el ritmo de la curva…

         Este genio propone que las nociones que ahora interesan son las que se imponen desde otra perspectivas: “…son las del acontecimiento y de la serie, con el juego de nociones con ellas relacionadas; regularidad, azar, discontinuidad, dependencia, transformación…es por medio de un conjunto semejante cómo se articular éste análisis de los discursos… no sobre la temática tradicional que los filósofos de ayer tomaban todavía por la historia vivía, sino sobre el trabajo efectivo de los historiadores…”  (p 56)

         Foucault sugiere a los pensadores contemporáneos, la necesidad de estudiar la filosofía del acontecimiento, como la posibilidad de “…avanzar en la dirección paradójica, a primera vista, de un materialismo de lo incorporal…” porque “…no es el acto (el que interesa en sí mismo) ni la propiedad de un cuerpo; (ya que ésta) …se produce como efecto de y en una dispersión material…” (p 57)

         Pluralidad de “cesuras que rompen el instante y dispersan al sujeto…” (p 58) Es decir, el momento preciso de que se rompe el acento que da origen a la poesía para hacer armónico el verso; el soplo para regular y dar vida, así como corporeidad al ser humano integral… ese es el momento que Foucault considera esencial. Y o es, por su propia capacidad de ser discontinuo, pero en forma sistemática. Allí, el autor –genialmente- se permite introducir la raíz misma del pensamiento, en ese diminuto desfase (de cesura) es que se pretende utilizar para la historia de las ideas.

         En las siguientes páginas, desarrolla toda una serie de principios del horizonte que utilizará para realizar su trabajo al frene de la Cátedra de la Historia de los Sistemas de Pensamiento, en el Collége de France lugar que privilegiadamente sucede a Jean Hypolite… a quien dedica sus ultimas y elogiosas páginas del presente discurso de presentación, no sin antes pasar argumentando en favor de Hegel y Marx, pero con un sentido censor.

         Al final, me impactó el cuestionamiento frontal a la crítica, por su proceso de rarefacción de los discursos, es decir, de volver menos densa su propia esencia por medio de procedimientos que a la vez ataca, por ser materia de una reagrupación y unificación, para permitirse estudiarlos de forma dispersa, discontinua y regular a la vez.

 

         Enigmática manera de expresarlo, como todas sus originalísimas formas de expresión: extraordinarios mecanismos de enunciar sus postulados… que de  van desde la exclusión hacia los aparatos de prohibición; de las diversas formas del control total… a la utilización de una explosión metafórica.

         Este texto de Michel Foucault, va de la más minuciosa explicación y disquisición extrema, al juzgamiento puntual de las temáticas abordas… y de lo extremadamente literario, con giros y usos idiomáticos  que jamás me habían deleitado con tanta fuerza... a lo inusualmente científico con explicaciones asombrosas… y del súmmun filosófico (lo más elevado intelectualmente que había leído en mi vida, a lo filisteo más vulgar, que jamás pude concebir.

         Pese a que este pequeñito libro, pero gigante para la historia  del pensamiento, pueda parecer oscuro, misterioso y extraño… generó luminosidad en mis conocimientos sobre filosofía posmodernista… ni Loytard,  Baudrillar, ni Chomsky (y alguna pocas lecturas que he tenido de ellos indirectamente) habían complementado tanto mi visión e intentos de comprensión del mundo actual.

 

Comentarios

MIL GRACIAS... Q RESUMENSOTE.. DEFINITIVAMENTE ESTO ERA LO Q SE NECESITAVA MUY MUY BIEN :)))

muchas gracias por este resumen estoy haciendo mi tesis de grado en trabajo social y necesitaba una idea más clara de la concepción de discurso de Foucault y sinceramente este es el mejor resuelto.... muy bien explicado ya que el libro es bastante complicado...

Muchísimas gracias, es una de las mejores explicaciones de Foucault que he encontrado. Me ha ampliado mucho el panorama.

Que buena y sensible letra. Muchas gracias. Cómo podemos ver el discurso desde lo actual, desde lo moral y ético. Para todos se reconoce que la universidades ya no cumplen su labor de universalidad de debate, de dialectica académica sin dominación. El discurso de la evaluación de las personas no se puede inscribir en un campo reconocible dado que se mueve dentro de la hipocresia de las coyunturas de la competitividad, más no de su esencia pragmática social. Los sujetos son aplastados por la dominación del poder excluyente de la certificación y estructuras jerarquicas solapadas. Existirá entonces un discurso?

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